La espuma de la bañera me cubre hasta la barbilla. Saco la mano del agua y me quito un poco el jabón de la cara. Me levanto y comienzo a desenjabonarme con el agua que cae de la ducha. Cada gota va recorriendo todos los rincones de mi cuerpo. Cierro los ojos dejando a mi cuerpo relajarse y sentir el agua tibia, y a mi mente volar a otros lugares alejados de allí. Un millón de imágenes se pasan por mi cabeza, siento un escalofrío en mitad de esos minutos tan agradables y placenteros. A veces, soy dada a pensar en eso de las acorazonadas. En este momento, tengo la sensación de que acabo de sentir que algo va a suceder. ¿Algo bueno? ¿algo malo? ¿ o quizá algo... bueno y a la vez malo? Solo son cosas de mi cabeza, ¿qué va a pasar a parte de ir a una maravillosa fiesta y ver a mi amor platónico de toda la vida? ¡Pues nada! Sonrío en un intento de convencerme a mí misma de que todo va a salir perfecto. Lo único que pienso es que esta noche es la fiesta, mi madre nos va a llevar a Noa y a mí y cuando llegué veré a Matt, que aunque no me saludará, nos veremos, y eso es lo importante. Que una persona sepa que existes es el primer paso ¿no? Me río de mí misma sintiéndome algo inocente.
Me pregunto qué tal me quedará el vestido, típicas inseguridades que le vienen a una cuando queda poco tiempo para el evento. Y... ¿qué voy a hacer con mi pelo? ¿suelto? ¿recogido? ¿mitad suelto mitad recogido? Quizá suelto, así le daré un aire más dulce. Aunque el pelo recogido es más sexy ¿no? Preguntas que nadie me va a responder me asaltan como si se tratara del día de mi boda.
Apago el grifo, cojo la toalla alargando la mano desde dentro de la ducha sin salir de ella, me la coloco alrededor de mi cuerpo y me dispongo a salir, dando un saltito hasta la alfombrilla que hay unos pasos más allá. ¡Oh! Mis píes, tengo que pintarme las uñas también. Vaya, pues sí que se me están amontonando las cosas que hacer. Por primera vez desde que me he comprado los tacones maldigo haber escogido unos que están abiertos por delante. Dejo que la toalla se deslice sobre mi cuerpo hasta llegar a mis pies y caer en el suelo, dejando mi cuerpo desnudo. Cojo la crema hidratante y la extiendo por mis piernas, miro al espejo empañado y escribo un nombre en él, un nombre que ya os podréis imaginar. En cada letra puedo ver mi figura reflejada, veo mi cuerpo y como si se tratase de una persona desconocida para mí, limpio el espejo con la mano, borrando el nombre que había escrito para observarme mejor. Me doy cuenta de mi madre tiene razón, desde luego ya no soy una niña. O al menos la chica que hay en el espejo desde luego no lo es. Haciendo caso omiso de mi observación me pongo algo de ropa. Busco en mi neceser de pintauñas mi favorito y me coloreo cuidadosamente las uñas de los pies. Me seco un poco el pelo y cojo las tenacillas que me compré con Noa. Miro el reloj.
-No puede ser, he quedado con Noa en el quiosco en 15 minutos- grito para mí misma.
Cojo los zapatos y me los pongo, me miro de arriba abajo en el espejo, utilizo rimel para las pestañas, un poco de colorete y una pizca de gloss de labios. El resultado final es bastante natural y eso me encanta. Sonrío satisfecha de mi misma y voy al salón donde papá y mamá están recostados sobre el sofá viendo la televisión. Mi madre, medio tumbada con la cabeza apoyada sobre el pecho mi padre y mi padre sentado, con cara de estar medio dormido. Ambos se dan cuenta de mi presencia, mi padre primero. Él me mira y no dice nada aunque parece que quiere hacerlo. Es mi madre la que toma la palabra.
-Estás preciosa cariño, cada día estás más mayor - dice mi madre mientras me observa de arriba abajo sonriendo. Sin embargo, hay algo en su sonrisa que no me termina de gustar. Creo que es una sonrisa de esas que ponen las madres cuando ven que su hijo se hace mayor y se alegran pero les parece que el tiempo se escapa de sus manos sin poder detenerlo.
Me dan ganas de abrazarla y decirle: " Mamá te quiero, no me has perdido, seguiré dejando que cuides de mí", esa parte me la reservo pero si que le doy un fuerte abrazo. Mi padre se levanta del sofá y nos abraza también.
-Estás echa una mujercita - ríe mi padre, abrazándonos.
En ese momento lo veo claro. Somos una familia, estamos unidos, nos queremos y eso es lo mejor que alguien puede tener en la vida. Esta es de esas situaciones de la vida en las que te da por pensar sobre la suerte que uno tiene y lo poco que se puede valorar a veces. Quizá que tu padre esté a un lado y tu madre a otro achuchándote exageradamente como para que no te escapes ayuda a que uno reaccione y se de cuenta de lo importante que es la familia.
Vamos en el coche mi madre, Noa y yo. Ella va preciosa, lleva el vestido azul que se compró el día anterior, y lleva el pelo suelto, al natural, mostrando su pelo rizado al mundo. Noa me mira y me sonríe, una sonrisa cómplice en la que me está trasmitiendo sus ganas de llegar. No necesitamos palabras. De pronto, sin imaginar que llegaríamos tan rápido, el coche se para.
-Hemos llegado- dice mi madre mirándonos-. Portaos bien chicas, no quiero problemas - añade.
-Tranquila mamá , seremos buenas- digo saliendo del coche con nerviosismo-. Te quiero.
-Yo también te quiero cielo-. Mi madre pone otra vez el coche en marcha-. A las doce y media pasaré a buscarte - grita por la ventanilla del coche una vez que Noa y yo nos hemos alejado.
Noa suspira y me observa. No hay nadie que me conozca mejor que ella y por eso sabe perfectamente que estoy muy nerviosa. Dejo de mirar al suelo, levanto bien alto la cabeza sonriendo inevitablemente y me dirijo hacia la puerta de la casa que está a unos metros de donde nos encontramos.
Sin poder creerlo intento fijarme un poco más. Él está allí, a unos pasos por delante de nosotras. Radiante. Lo sigo mirando, él no nos ve, permanece en la puerta de entrada, ocupándose de la entrada de la gente a la fiesta ¡Oh, Dios! Él es el que se ocupa de las entradas, de dejar entrar a unos y a otros, eso solo quiere decir una cosa: Noa y yo tenemos que hablar con él si o sí. Mi amiga ya se ha percatado de todo eso.
Noa y yo nos acercamos, poco a poco. Estamos cerca, muy cerca, demasiado cerca. Las piernas me tiemblan ligeramente. Trago saliva y avanzo hasta donde él está.
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